Hay una realidad que no admite discusión: Salto vive una emergencia vial. Los pozos existen, las calles deterioradas existen, la indignación de vecinos y vecinas es legítima y el problema requiere soluciones urgentes.
Pero también hay otra realidad que parece mucho más difícil de asumir: los pozos no aparecieron de un día para otro.
Hoy, las redes sociales se llenan de reclamos, fotografías, videos, insultos y expresiones, muchas veces iracundas, contra el actual gobierno departamental. La emergencia vial se convirtió en uno de los principales argumentos contra la administración del intendente Carlos Albisu, pero también en un tema político utilizado para cuestionar al gobierno, para rechazar decisiones como el fideicomiso y el endeudamiento a largo plazo, o simplemente para golpear a una administración con la que muchos no coinciden.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿dónde estaba toda esta indignación hace algunos años?
Porque el deterioro de la caminería urbana no comenzó ahora. Las calles de Salto no se destruyeron en pocos meses. Los pozos no nacieron con este gobierno. Son el resultado de problemas estructurales, acumulados durante años, agravados por el clima, por las lluvias, por el paso del tiempo, por la falta de mantenimiento y, también, por decisiones políticas que durante mucho tiempo no lograron dar una respuesta definitiva.
Por eso resulta llamativo observar cómo algunos salteños y salteñas parecen sufrir una especie de deterioro de la memoria colectiva. Una memoria que recuerda con absoluta precisión cada pozo actual, pero que parece haber olvidado que muchos de esos problemas existían antes.
No se trata de pedir silencio. Mucho menos de defender lo indefendible. Reclamar es un derecho y exigir soluciones es una obligación ciudadana. Pero reclamar también debería implicar coherencia.
Porque la emergencia vial es una realidad y el actual gobierno la reconoció. De hecho, Carlos Albisu habló de la situación de las calles y de la necesidad de enfrentarla incluso durante la campaña electoral, antes de asumir el gobierno departamental. El problema no fue descubierto ahora para justificar una medida. Fue reconocido como una de las principales dificultades que Salto debía enfrentar.
Hoy, esa emergencia es también uno de los fundamentos de las decisiones de financiamiento y del fideicomiso proyectado a largo plazo. Se puede estar de acuerdo o no con esa herramienta. Se puede cuestionar el endeudamiento, discutir sus condiciones, reclamar mayor información y controlar cada peso. Todo eso forma parte del debate democrático.
Lo que resulta más difícil de entender es negar la existencia del problema mientras se exige, al mismo tiempo, que sea solucionado.
Hay quienes reclaman porque pertenecen a la oposición política. Es legítimo. Hay quienes reclaman porque tienen diferencias con el gobierno. También es legítimo. Hay quienes aprovechan las redes sociales para hacer política, amplificar errores o convertir cada pozo en un argumento partidario. Eso también forma parte de la realidad contemporánea.
Pero otra cosa muy distinta es pretender instalar la idea de que Salto llegó a esta situación exclusivamente por obra y gracia del gobierno actual.
Eso no es memoria. Es memoria selectiva.
Y cuando la discusión pública se construye desde esa selección conveniente de los recuerdos, aparece también una forma de manipulación política. Se toma una realidad —porque la emergencia vial es real— y se la utiliza descontextualizada, ignorando su historia y su carácter estructural, para transformarla en un arma contra un adversario político.
La ciudadanía tiene derecho a exigir. El gobierno tiene la obligación de responder. Y la oposición tiene el derecho y el deber de controlar.
Pero también tenemos, como comunidad, la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra propia historia.
Salto no empezó hace un año. Sus problemas tampoco.
Las lluvias y los fenómenos climáticos pueden haber agravado una situación compleja. Pero no explican todo. Las calles deterioradas son el resultado de años de postergaciones y de una infraestructura que necesita una intervención profunda y sostenida.
Tal vez el mayor desafío sea recuperar la memoria.
Recordar que antes también había pozos. Que antes también había calles rotas. Que antes también había vecinos perjudicados. Y que si entonces el reclamo no tenía la misma intensidad, hoy deberíamos preguntarnos por qué.
Porque reclamar soluciones no debería depender del color político de quien gobierna.
La emergencia vial existe. Negarla sería irresponsable. Pero olvidar que es un problema histórico también lo es.
Y quizás, antes de seguir gritando por cada pozo, como si hubiera aparecido ayer, Salto debería hacer un pequeño ejercicio de memoria colectiva.
Porque los pozos están.
Y la falta de memoria, también.
Quinto Elemento Multimedios

