Setiembre es, en Uruguay, un mes particularmente importante para hablar de diversidad sexual, derechos, inclusión, igualdad y no discriminación. Es un tiempo para visibilizar realidades, sensibilizar a la sociedad y, fundamentalmente, recordar que detrás de cada reclamo hay personas que durante años han luchado por ser reconocidas, respetadas y escuchadas.
Pero en Salto, el comienzo de este mes dejó una señal que merece, por lo menos, una reflexión.
Dos conferencias de prensa fueron convocadas prácticamente para la misma hora para presentar actividades vinculadas a Setiembre, mes de la Diversidad. Y en una de esas instancias llamó particularmente la atención la ausencia del área de Género de la Intendencia de Salto, justamente cuando se presentaba una agenda relacionada con una temática que necesariamente debería convocar a todas las instituciones y organizaciones que trabajan por los derechos y la inclusión.
No se trata simplemente de una conferencia de prensa.
Tampoco se trata de quién convoca, quién aparece en la fotografía, quién tiene el protagonismo o qué institución encabeza una actividad.
Se trata de la causa.
Y cuando hablamos de la comunidad LGTBIQ+, hablamos de una realidad social que no puede quedar atrapada en disputas institucionales, protagonismos, diferencias personales o egos.
La diversidad sexual refiere a la existencia de distintas orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género. Comprende, entre otras realidades, a personas lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersexuales y queer, reconociendo que la sexualidad y el género forman parte de la diversidad humana.
Hablar de diversidad no significa otorgar privilegios.
Significa hablar de igualdad de derechos, libertad, dignidad y respeto.
La realidad de Salto
Salto no está al margen de esta realidad.
En nuestra ciudad existen personas y colectivos LGTBIQ+ que durante años han trabajado para generar espacios de encuentro, reclamar derechos, combatir la discriminación y hacer visibles situaciones que muchas veces permanecen ocultas.
También existen historias de discriminación, dificultades para acceder al empleo, situaciones de violencia, problemas vinculados a la salud mental, rechazo familiar, abandono, bullying y otras formas de exclusión que no siempre llegan a las estadísticas ni ocupan titulares.
Por eso la agenda de la diversidad no debería limitarse a una marcha, una bandera, una conferencia o una fotografía.
La diversidad se construye todos los días.
Se construye en las escuelas, en los liceos, en los lugares de trabajo, en los servicios de salud, en los barrios, en las familias y también en las instituciones públicas.
Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando quienes deberían estar trabajando en conjunto terminan separados por diferencias que poco tienen que ver con la causa?
Los egos no pueden quebrar el reclamo
Si el objetivo es sensibilizar, las instituciones tienen que comprender que la causa está por encima del protagonismo.
Si el objetivo es visibilizar, hay que sumar voces.
Si el objetivo es reclamar respuestas, hay que construir un reclamo común.
Porque cuando las organizaciones y las instituciones se fragmentan, cuando existen dos actividades simultáneas, cuando determinados actores quedan afuera o cuando las diferencias personales pesan más que los objetivos colectivos, quien termina perdiendo no es una persona ni una institución.
Pierde la causa.
Y cuando pierde la causa, también se debilita el reclamo.
Se pierde fuerza para exigir políticas públicas.
Se pierde capacidad para sensibilizar.
Se pierde visibilidad.
Y, sobre todo, se pierde una oportunidad para que quienes todavía no comprenden la importancia de estos temas puedan acercarse, escuchar y entender.
Setiembre debería ser exactamente lo contrario.
Debería ser un mes para unir.
Para conversar.
Para educar.
Para reclamar.
Para visibilizar.
Para recordar que todavía existen situaciones de discriminación y desigualdad que necesitan respuestas.
No alcanza con decir diversidad
La diversidad no puede convertirse en una palabra políticamente correcta que aparece durante un mes y desaparece durante los otros once.
Necesita políticas públicas.
Necesita presupuesto.
Necesita formación.
Necesita educación.
Necesita acompañamiento.
Necesita instituciones presentes.
Y necesita, también, organizaciones capaces de comprender que las diferencias pueden existir, pero que hay momentos en los que hay que dejarlas de lado para construir algo más importante.
Porque la comunidad LGTBIQ+ no necesita que sus referentes compitan por protagonismo.
Necesita que sus reclamos sean escuchados.
No necesita más fotografías.
Necesita respuestas.
No necesita que las instituciones se disputen quién tiene la actividad más importante.
Necesita que todas estén presentes cuando corresponde.
Y no necesita que los egos quiebren lo que durante años costó tanto construir.
Setiembre es el mes de la diversidad.
Que sea, entonces, un mes para recordar algo tan sencillo como profundo: la diversidad no se declama; se respeta, se defiende y se acompaña.

