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    Salivazos

    PorQuinto Elemento

    Mar 2, 2026

    Iván Pavlov obtuvo el Premio Nobel en 1904.

    Pasó a la historia al demostrar que, si uno hace sonar una campana cada vez que le da comida a un perro, al final el animal termina salivando con solo escucharla.

    Sin comida, sin hueso, sin nada. Campana y baba.

    El experimento confirmó lo que ya intuía Aristóteles: cuando dos cosas ocurren juntas muchas veces, una termina evocando a la otra.

    Hasta ahí, ciencia pura.

    El problema empieza cuando trasladamos el laboratorio a la política y las redes sociales.

    Porque, por fortuna, los seres humanos tenemos algo más que glándulas salivales: tenemos mente y razón.

    Podemos escuchar la campana, frenar, pensar y decidir. O al menos eso creíamos.

    En estos días se votaron modificaciones a la ley de lavado de activos. Entre otros puntos, se discutió el umbral de las operaciones en efectivo.

    La LUC lo había fijado en el equivalente a 100 mil dólares; el mecanismo de actualización lo llevó posteriormente a 160 mil.

    Una cifra que, seamos francos, no parece modesta. Ni para el combate al delito ni para la seguridad más elemental.

    El Frente Amplio propuso bajarlo a 35 mil dólares.

    El Partido Nacional, dejarlo en 160 mil.

    Desde el Partido Colorado planteamos algo menos épico y más práctico: un doble límite. 35 mil dólares para cualquier operación o un 5% del monto con tope de 75 mil, reajustable como hoy.

    En los hechos, más cerca de los 100 mil originales de la LUC que de los 160 mil en que había quedado.

    No era pelea. Era aritmética.

    El FA, sin votos para imponer su posición, terminó acompañando la solución nuestra.

    Entonces sonó la campana.

    Algunos, sin leer una línea, sin hacer una cuenta, comenzaron a salivar en redes sociales: “¡Votaron con el Frente Amplio! ¡Contra la LUC!”.

    Poco importó que el resultado final se acercara más al espíritu original que al deslizamiento automático que lo había llevado a 160 mil.

    El reflejo fue más fuerte que la reflexión.

    Algo similar ocurrió con la comisión investigadora sobre Cardama.

    Oficialismo y oposición competían por crearla en la cámara donde cada uno tiene mayoría.

    Una pulseada más adolescente que institucional.

    Con responsabilidad propusimos otro camino: que se creara en la Asamblea General, donde hay equilibrio, con plazo acotado a seis meses y presidencia en manos de la oposición.

    La comisión es asesora; lo que vale son los votos en el plenario.

    Parecía sensato.

    Pero otra vez: campana y saliva.

    ¿Buscar un punto de equilibrio es “acomodarse”? ¿Razonar es claudicar?

    Si así fuera, Aristóteles habría sido acusado de componedor y Pavlov, de conspirador.

    La política se ha vuelto un terreno donde el estímulo importa más que el contenido.

    Se oye “acuerdo” y se reacciona. Se oye “intermedio” y se sospecha. Se oye “razonable” y se ataca.

    Como si pensar fuera una traición y gritar, una virtud.

    Se pretende sustituir el pensar por la trinchera.

    Para estos pavlovianos alcanza con saber quién lo propone para oponerse o apoyar. No importa si es bueno o malo. Solo de donde viene.

    Tras el episodio del doble monto, un legislador de la coalición, del Este, reaccionó con entusiasmo salival.

    No respondimos a esa reacción canina.

    A veces, el silencio es la mejor manera de dejar que la campana suene sola.

    Se atribuye a Cervantes una frase que en realidad es de Goethe: los ladridos son señal de que cabalgamos.

    Tal vez.

    Pero el problema actual no es que algunos ladren.

    Es que salivan lo que no les permite razonar.