Ruta 3 y el bypass: cuando la falta de prevención convierte un tramo en una trampa mortal
Dos personas fallecidas en pocas horas volvieron a poner sobre la mesa una realidad que Salto conoce desde hace años: el bypass de Ruta 3, en la zona del barrio Volcán, soporta una circulación que creció enormemente, pero no cuenta con una infraestructura de seguridad acorde a ese tránsito.
No alcanza con lamentar las víctimas después de que ocurren los siniestros. La pregunta que vuelve a aparecer, con cada tragedia, es mucho más incómoda:
¿Cuánto más hay que esperar para que el Estado actúe antes y no después de las muertes?
El tramo de Ruta 3 que atraviesa y bordea una zona de enorme crecimiento poblacional tiene una particularidad que no puede ser ignorada. Allí conviven diariamente vecinos, motociclistas, automovilistas, trabajadores y una intensa circulación de camiones de carga, incluidos vehículos que ingresan a Salto desde otros puntos del país y desde el exterior.
Es una ruta nacional, pero también es, en los hechos, parte de la vida cotidiana de una comunidad.
Y allí aparece una contradicción difícil de explicar: una vía que concentra tránsito pesado, tránsito urbano y movimiento permanente de vecinos continúa presentando carencias básicas en materia de seguridad vial.
Falta iluminación en sectores donde debería existir una visibilidad adecuada. Faltan soluciones de ordenamiento del tránsito. Faltan canalizadores. Faltan elementos que reduzcan la velocidad. Faltan intervenciones que obliguen a disminuir la marcha en los puntos de mayor conflicto. Y durante años también se ha reclamado una señalización más clara y adecuada a la realidad actual de ese corredor.
No se trata simplemente de colocar un cartel o pintar una línea amarilla.
Se trata de diseñar una ruta pensando en las personas que la utilizan todos los días.
Un barrio que creció, una ruta que no se adaptó
El barrio Volcán y toda su zona de influencia ya no pueden ser considerados una periferia desconectada de la ciudad.
Hay una comunidad importante que se moviliza diariamente, muchas veces en moto, atravesando o utilizando accesos vinculados directamente con la Ruta 3 y el bypass.
A eso se suma el tránsito pesado.
El resultado es una combinación que exige infraestructura específica: una ruta nacional funcionando simultáneamente como corredor logístico y como arteria cotidiana de una comunidad.
Cuando esas dos realidades se encuentran, la seguridad vial no puede quedar librada exclusivamente a la responsabilidad individual de quien conduce.
Porque un conductor puede cometer un error. Un motociclista puede equivocarse. Un camión puede necesitar realizar una maniobra.
Precisamente por eso existen las políticas públicas de seguridad vial: para reducir las consecuencias de los errores humanos y evitar que una equivocación termine convirtiéndose en una tragedia.
La pregunta al Ministerio de Transporte
El Ministerio de Transporte y Obras Públicas tiene jurisdicción sobre las rutas nacionales y, por lo tanto, una responsabilidad central en la planificación, mantenimiento y seguridad de esos corredores.
Y es aquí donde resulta inevitable preguntar:
¿Por qué un tramo que concentra tránsito pesado y una población creciente no cuenta desde hace años con una solución integral de seguridad?
No se está hablando de una obra ornamental.
Se está hablando de iluminación, señalización, canalización, rotondas, accesos seguros, control de velocidades y diseño vial.
En abril de este año, desde el Gobierno de Salto se informó que, tras una reunión con la ministra de Transporte y Obras Públicas, Lucía Etcheverry, el Ministerio había anunciado un plan de reformas estructurales para el corredor que comprende Daymán, el bypass de Ruta 3 y el acceso a Salto Grande. Entre las medidas mencionadas están la ampliación de la faja de rodaje, mejoras en señalización e iluminación, una dársena de giro hacia avenida Carlos Reyles y una rotonda en la intersección con avenida Concordia.
Es decir: las propias autoridades reconocen que el corredor necesita transformaciones.
La pregunta ahora es cuándo.
Porque para las familias de las dos personas fallecidas, la respuesta llegó demasiado tarde.
No es solamente un problema de tránsito
Hay una discusión más profunda detrás de cada accidente.
Una ruta no es solamente asfalto.
Una ruta también es iluminación. Es diseño. Es prevención. Es señalización. Es velocidad. Es accesibilidad. Es planificación territorial.
Cuando una ciudad crece alrededor de una carretera nacional, el Estado debe anticiparse a ese crecimiento.
No puede esperar a que los accidentes se multipliquen para comenzar a pensar en soluciones.
En febrero, incluso, la propia Intendencia de Salto informó que debió asumir transitoriamente tareas de mantenimiento en un sector de la Ruta 3 cuya jurisdicción corresponde al MTOP, argumentando la necesidad de preservar condiciones adecuadas en una zona de alta circulación.
Y en marzo volvió a intervenir en otro tramo de Ruta 3 para realizar tareas de limpieza y mantenimiento, señalando que se trataba de una competencia del Ministerio y que existían reclamos ciudadanos por la falta de intervención.
Todo esto habla de una cuestión mayor: la necesidad de que las responsabilidades institucionales sean claras y que las respuestas lleguen antes de las tragedias.
¿Cuántas muertes hacen falta?
La sociedad puede discutir responsabilidades individuales en cada siniestro. La Policía, Caminera, Fiscalía y los peritajes deberán establecer qué ocurrió en cada caso.
Pero existe otra responsabilidad que no se define en una pericia puntual.
Es la responsabilidad de prevenir.
Y ahí el Estado tiene mucho para explicar.
Porque cuando un tramo concentra vecinos, motos, automóviles, camiones y accesos urbanos, la pregunta no debería ser solamente quién tuvo la culpa del accidente.
La pregunta debería ser:
¿Qué hicimos como sociedad y como Estado para evitar que ese accidente ocurriera?
Salto no puede acostumbrarse a contar muertos.
No puede naturalizar que el bypass sea un lugar donde cada vecino sabe que debe extremar cuidados porque la infraestructura no acompaña la realidad.
No puede ser que las obras de seguridad vial aparezcan siempre después de las tragedias.
Dos vidas perdidas vuelven a encender una alarma que hace años está sonando.
Ahora ya no alcanza con prometer.
Hace falta actuar.
Porque una rotonda que no se construyó, una luminaria que nunca se colocó, un canalizador que nunca estuvo y una señalización que nunca llegó también forman parte de una discusión sobre prevención.
Y porque en una ruta donde circulan miles de personas todos los días, la seguridad no puede depender de la suerte
Quinto Elemento

