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    Moisés Martínez: cuando la Justicia reconoce al “tirano doméstico”, pero no alcanza a ver las heridas que no dejan marcas

    PorQuinto Elemento

    Oct 19, 2026


    El Tribunal de Apelaciones confirmó la condena de 12 años de prisión para Moisés Martínez por el homicidio de su padre. Reconoció la historia de violencia que atravesó a la familia y calificó al progenitor como un “tirano doméstico”, pero entendió que las agresiones habían cesado y que, por lo tanto, no correspondía aplicar la exoneración de pena prevista legalmente. El fallo vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto comprende nuestro sistema judicial sobre la violencia psicológica y sus consecuencias?
    El Tribunal de Apelaciones en lo Penal de Primer Turno confirmó por unanimidad la condena de doce años de penitenciaría impuesta a Moisés Martínez, quien mató a su padre en mayo de 2025.
    La resolución, fechada el 16 de octubre, rechazó los argumentos de la defensa y mantuvo la condena. El tribunal consideró que las circunstancias que atravesó el acusado pueden explicar su conducta, pero no la justifican ni permiten legalmente eximirlo de responsabilidad.
    Sin embargo, hay un aspecto del fallo que resulta particularmente inquietante.
    La propia sentencia reconoce la existencia de una historia familiar marcada por violencia física, psicológica y sexual y caracteriza al fallecido como un “tirano doméstico”. También se encuentra acreditado que una de las hermanas de Moisés denunció abusos sexuales cuando tenía apenas 12 años y que el hombre fue condenado en 2010.
    Pero para la Justicia, transcurridos los años y cumplida aquella condena, las agresiones habían cesado.
    Y allí aparece el enorme vacío entre la letra de la ley y la realidad de una víctima.
    ¿Cuándo termina realmente la violencia?
    ¿Termina la violencia cuando desaparece el golpe?
    ¿Termina cuando el agresor cumple una condena?
    ¿Termina cuando dejan de existir nuevas denuncias?
    ¿O puede permanecer durante años en la memoria, en el miedo, en la angustia, en la personalidad y en la salud mental de quienes fueron víctimas?
    La defensa de Martínez sostuvo precisamente que considerar que la violencia había terminado después de que el padre cumpliera su condena era una lectura inadecuada del caso. También cuestionó que el Estado hubiera castigado el delito cometido en 2010, pero no hubiera existido un seguimiento suficiente para reparar el daño ni garantizar que aquella familia pudiera reconstruirse.
    Ese es el debate que debería trascender al propio caso.
    Porque Uruguay habla permanentemente de salud mental. De prevención. De acompañamiento. De violencia doméstica. De reparación. De protección de las víctimas.
    Pero cuando una persona llega a un tribunal después de años de vivir dentro de un sistema familiar atravesado por el miedo, ¿qué valor tiene esa historia emocional?
    Las heridas que no aparecen en una pericia física
    La violencia psicológica no siempre deja hematomas.
    No tiene una fotografía.
    No siempre genera una denuncia.
    Y muchas veces ni siquiera puede ser explicada por quien la sufrió.
    Especialmente cuando el agresor es el padre, la persona que debería representar protección, seguridad y referencia.
    La propia hermana de Moisés explicó públicamente, después de la condena, que su padre había sido una “sombra” durante años y que, después de salir de prisión, volvió a buscarla.
    Es difícil medir desde afuera lo que significa crecer dentro de una familia dominada por el miedo.
    Y todavía más difícil determinar desde un expediente cuándo ese miedo desaparece.
    El problema no es desconocer la gravedad del homicidio. Matar no puede convertirse en una respuesta legítima frente a la violencia. Pero una cosa es determinar la responsabilidad penal por un homicidio y otra muy distinta es desconocer las circunstancias psicológicas, familiares y emocionales que pueden haber llevado a una persona a ese extremo.
    Un sistema que todavía parece mirar la violencia con una regla demasiado estrecha
    El caso de Moisés debería abrir una discusión mucho más profunda en Uruguay.
    Porque si la violencia familiar solamente adquiere relevancia cuando existe una agresión física reciente, una denuncia reciente o un peligro inmediato demostrable, estamos dejando afuera una parte fundamental del problema.
    La violencia también puede ser psicológica.
    Puede ser sexual.
    Puede ser emocional.
    Puede ser la amenaza permanente.
    Puede ser el miedo.
    Puede ser el control.
    Puede ser el trauma.
    Y puede permanecer mucho después de que el agresor haya dejado de levantar la mano.
    El propio proceso judicial ha mostrado que la salud mental de Moisés no es un aspecto menor. En mayo, la Justicia solicitó al Instituto Técnico Forense una evaluación sobre su estado actual de salud mental, riesgo autoagresivo, necesidad de internación o tratamiento y compatibilidad con el régimen de privación de libertad.
    Entonces aparece una contradicción difícil de ignorar.
    Si hablamos de salud mental como una prioridad nacional, ¿por qué esa dimensión parece tener un peso tan limitado cuando se analiza la conducta de una persona que fue víctima de una historia familiar de violencia?
    No se trata de pedir que la Justicia deje de aplicar la ley.
    Se trata de preguntarnos si la ley está preparada para comprender integralmente determinadas formas de violencia.
    Un fallo que debería interpelarnos
    El Tribunal concluyó que las circunstancias vividas por Moisés pueden explicar su conducta, pero no justificarla.
    Puede ser jurídicamente correcto.
    Pero socialmente debería dejarnos una pregunta.
    ¿Estamos mirando solamente el momento en que se dispara el arma o estamos mirando también los años que llevaron a esa persona hasta ese lugar?
    Porque una sociedad que realmente quiere trabajar por la salud mental no puede ocuparse solamente de las consecuencias cuando la tragedia ya ocurrió.
    Debe mirar antes.
    Debe detectar.
    Debe acompañar.
    Debe reparar.
    Y, fundamentalmente, debe entender que una víctima de violencia no deja necesariamente de ser víctima cuando el último golpe ocurrió años atrás.
    El caso Moisés vuelve a poner frente al espejo a la Justicia, pero también al Estado y a la sociedad.
    Porque quizás el verdadero atraso no esté solamente en una condena de doce años.
    Quizás el verdadero atraso sea que todavía nos cueste comprender que las heridas psicológicas también son violencia, aunque no sangren, aunque no tengan fotografías y aunque hayan pasado quince años.

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