Hay imágenes que, cuando comienzan a repetirse, dejan de ser una excepción para transformarse en un síntoma.
Una de ellas es la de los policías de Policía Científica arrodillados sobre la calle o gateando por una vereda, marcando y contando casquillos. Diez. Veinte. Treinta, 85 !!!. Cada vaina es un disparo. Cada disparo representa una decisión deliberada de matar, pero también un riesgo para cualquiera que haya estado en el lugar equivocado y en el momento equivocado.
Uruguay parece estar asistiendo a una transformación inquietante de la violencia criminal. Ya no se trata únicamente del » ajuste de cuentas» ejecutado con uno o dos disparos. Hoy, con demasiada frecuencia, los atacantes vacían cargadores completos contra sus objetivos. La intención no es solo eliminar a una persona; es asegurar la muerte mediante una lluvia de proyectiles, sin importar quién pueda quedar en la línea de fuego.
La consecuencia es devastadora. Una bala perdida puede atravesar la ventana de una vivienda, impactar en un vehículo que pasa, alcanzar a un niño que juega en la vereda o a una familia que simplemente caminaba por la calle. El blanco deja de ser una única persona y el peligro se expande a todo el entorno.
Los homicidios y balaceras registrados en distintos barrios de Montevideo durante los últimos meses muestran escenas cada vez más violentas, con múltiples disparos, ataques desde motos o vehículos y una reiteración de episodios que reflejan un nivel de agresividad creciente.
Lo más preocupante es la naturalización. Ya casi no sorprende ver fotografías de decenas de marcadores amarillos sobre la calle, ni escuchar que una nueva balacera dejó heridos o muertos. La noticia dura unas horas y rápidamente es reemplazada por la siguiente. Como si la sociedad estuviera comenzando a acostumbrarse a una violencia que, hace apenas algunos años, resultaba impensable en Uruguay.
Detrás de cada cargador vaciado hay mucho más que un homicidio. Hay un mensaje de poder, de intimidación, de impunidad. Es una demostración de fuerza propia de organizaciones criminales que buscan sembrar miedo y dominar territorios.
La gran pregunta ya no es únicamente quién fue la víctima del último ataque. La pregunta es cuánto falta para que una de esas decenas de balas termine con la vida de alguien completamente ajeno al conflicto.
Porque cuando las ráfagas sustituyen al disparo aislado, el crimen deja de tener un único destinatario. La amenaza pasa a ser colectiva.
Y cuando una sociedad se acostumbra a contar casquillos en lugar de personas, el problema ya no es solamente policial. Es una alarma que interpela al Estado, a la Justicia y a toda la comunidad antes de que la violencia termine imponiendo sus propias reglas.
Quinto Elemento

