El 23 de septiembre de 1850 moría José Gervasio Artigas en Paraguay. Habían pasado casi 30 años desde que abandonó la tierra que había defendido. Murió lejos de su patria, después de conocer la derrota, la traición, la soledad y el exilio. Hoy, 176 años después, la pregunta sigue abierta: ¿cuánto de su ideario permanece realmente entre nosotros?
José Gervasio Artigas murió el 23 de septiembre de 1850, en la quinta de Ibiray, cerca de Asunción. Tenía 86 años y llevaba casi tres décadas viviendo en Paraguay. Sus restos regresarían a Uruguay cinco años después.
El hombre que había sido llamado Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres terminaba sus días muy lejos de aquella tierra donde había encabezado una revolución.
Es una de las grandes paradojas de nuestra historia.
El hombre convertido después en el máximo prócer nacional murió prácticamente en soledad, en un país que lo había recibido después de su derrota.
El exilio de un derrotado
En 1820, después de la derrota frente a las fuerzas de Francisco Ramírez y en un escenario marcado por enfrentamientos políticos y militares, Artigas cruzó hacia Paraguay.
Ya no volvería a participar de la vida política del Río de la Plata.
Durante esos casi 30 años vivió apartado de la actividad pública. La imagen del prócer monumental que hoy conocemos contrasta con la del hombre que pasó sus últimos años lejos de la política y del poder.
Su exilio también fue consecuencia de una revolución que había terminado enfrentándolo con algunos de quienes habían sido sus aliados.
La historia de Artigas no fue solamente una historia de batallas.
Fue también una historia de desencuentros, intereses, traiciones y derrotas.
Y quizás por eso su figura continúa generando preguntas.
¿Por qué luchaba Artigas?
El artiguismo tenía un programa político que iba mucho más allá de la independencia de un territorio.
Las Instrucciones del Año XIII planteaban independencia, republicanismo, federalismo, autonomía de los pueblos, división de poderes, libertad civil y religiosa y límites al poder. El principio de que la soberanía residía en los pueblos ocupaba un lugar central.
Artigas sostenía una concepción profundamente política de la libertad.
No imaginaba una patria construida solamente desde el poder central.
Pensaba en pueblos con capacidad de decidir sobre su propio destino, vinculados por acuerdos y por una organización federal.
Y junto con esa concepción política apareció también una preocupación social.
El Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados, de 1815, conocido como Reglamento de Tierras, expresó una política que buscaba favorecer a los sectores más perjudicados por el proceso revolucionario.
Por eso, hablar de Artigas es hablar de independencia, federalismo, soberanía popular, republicanismo y justicia social.
La soledad del hombre detrás del monumento
Con el paso del tiempo, Uruguay construyó alrededor de Artigas una figura monumental.
Su nombre está en plazas, avenidas, escuelas, edificios públicos y monumentos.
Su rostro aparece en billetes y su figura ocupa un lugar central en la identidad nacional.
Pero detrás del bronce existió un hombre.
Un hombre que perdió guerras.
Que fue abandonado por antiguos aliados.
Que terminó en el exilio.
Que vivió durante décadas lejos de su tierra.
Y que murió en Paraguay cuando aquella revolución por la que había luchado ya pertenecía al pasado.
La historia oficial convirtió al derrotado en prócer.
Pero quizás todavía nos falta algo más difícil: comprender al Artigas político y no solamente venerar al Artigas símbolo.
176 años después
Hoy Uruguay es una república democrática, con instituciones, derechos y una estructura política completamente diferente de aquella sociedad colonial y revolucionaria del siglo XIX.
No se trata, por lo tanto, de pretender trasladar literalmente las ideas de 1813 o 1815 al Uruguay de 2026.
Pero sí de preguntarnos qué principios continúan siendo una referencia.
¿Qué significa hoy la soberanía de los pueblos?
¿Qué significa el federalismo en un país donde muchas decisiones continúan concentrándose en Montevideo?
¿Qué significa la justicia social cuando existen uruguayos que todavía viven en condiciones de pobreza?
¿Qué significa la defensa de la libertad y de la República cuando la política muchas veces queda atrapada en disputas partidarias?
Y, sobre todo, ¿qué significa reivindicar a Artigas si sus principios solamente aparecen en los discursos de cada 19 de junio o cada 23 de septiembre?
Artigas no necesita solamente monumentos
Quizás el mayor homenaje a Artigas no sea repetir su nombre.
Sea discutir sus ideas.
Sea preguntarnos si efectivamente creemos en aquello de que los pueblos deben ser soberanos.
Sea defender las instituciones republicanas, la libertad, la igualdad ante la ley y la posibilidad de que quienes tienen menos también puedan construir su propio destino.
Sea entender que una patria no se construye únicamente desde el poder, sino también desde la dignidad de su gente.
Artigas murió en Paraguay.
Murió lejos de aquella Banda Oriental por la que había peleado.
Murió después de casi 30 años de exilio.
Y quizás la paradoja más profunda sea que aquel hombre que terminó sus días lejos de su patria terminó convirtiéndose, después de muerto, en una de las figuras centrales de nuestra identidad nacional.
176 años después, Artigas ya no necesita que Uruguay lo recuerde.
Necesita que Uruguay se pregunte qué hizo, qué hace y qué está dispuesto a hacer con las ideas por las que aquel hombre estuvo dispuesto a perderlo todo.
Porque quizás la verdadera vigencia de Artigas no esté en el bronce.
Esté en la pregunta incómoda que todavía nos deja: cuánto de aquella patria que soñó realmente hemos construido.

