Cada cuatro años Uruguay parece detenerse frente a una pantalla. Las diferencias políticas, las preocupaciones económicas y las discusiones cotidianas quedan, por un momento, en segundo plano. El Mundial de fútbol es uno de los pocos fenómenos capaces de generar una emoción colectiva compartida por millones de uruguayos.
Por eso resulta válido preguntarse: ¿estamos realmente sensibilizados con el Mundial 2026? ¿Existe la misma fiebre de otras épocas? ¿O los problemas económicos y sociales han desplazado el interés por la mayor cita del deporte?
La respuesta parece ser contundente. Sí importa. Y mucho.
El fútbol forma parte de la identidad nacional. Uruguay es un país de poco más de tres millones de habitantes que logró construir una historia deportiva desproporcionada respecto a su tamaño. Dos títulos mundiales, una tradición futbolística centenaria y una selección que sigue siendo motivo de orgullo nacional explican por qué el Mundial continúa ocupando un lugar privilegiado en el imaginario colectivo.
La prueba está en el movimiento turístico que ya genera el torneo. Agencias uruguayas ofrecen paquetes para acompañar a la selección con precios que oscilan entre los 4.500 y los 10.000 dólares por persona, dependiendo de la cantidad de partidos, la ciudad sede y la categoría del alojamiento. Algunos paquetes para la fase de grupos en Miami se comercializan desde unos 4.800 dólares, mientras que programas más completos superan los 9.000 dólares.
A esos costos deben agregarse entradas, alimentación, traslados internos y gastos personales. Para una familia tipo, seguir a Uruguay en Estados Unidos puede representar una inversión equivalente a varios años de ahorro.
Y sin embargo, hay demanda.
Las agencias de viaje uruguayas vienen reportando consultas constantes desde el sorteo del Mundial y han diseñado propuestas específicas para los hinchas celestes. Muchos viajeros combinan la experiencia futbolística con vacaciones familiares en Miami, Orlando, México o distintas ciudades anfitrionas.
Paradójicamente, mientras los uruguayos se preparan para viajar, algunos informes internacionales muestran que las reservas hoteleras generales en varias ciudades sede estadounidenses se encuentran por debajo de las expectativas iniciales de la industria turística.
Pero más allá de los números, el fenómeno es cultural.
Porque el Mundial no es solamente un evento deportivo. Es una conversación nacional. Es el comerciante que coloca una bandera en su local, el niño que aprende de memoria la alineación de la selección, el abuelo que recuerda Maracaná, México o Sudáfrica. Es una emoción heredada de generación en generación.
Por supuesto que Uruguay tiene problemas urgentes. La inseguridad, el empleo, el costo de vida y las incertidumbres económicas ocupan buena parte de las preocupaciones ciudadanas. Pero el Mundial nunca compitió con esos problemas. Convive con ellos.
La historia demuestra que los uruguayos pueden discutir política durante la mañana, preocuparse por la economía al mediodía y emocionarse con la camiseta celeste por la tarde.
Quizás allí radique la verdadera explicación. El Mundial no es una distracción de la realidad. Es una de las pocas instancias en que el país se reconoce a sí mismo como una comunidad.
Y cuando ruede la pelota en Estados Unidos, México y Canadá, millones de uruguayos volverán a hacer lo mismo que hicieron sus padres y sus abuelos: creer que, una vez más, todo es posible.
Porque en Uruguay el Mundial no se mira. Se vive.
Algunos datos para complementar la publicación:
Paquetes para seguir a Uruguay: entre US$ 4.500 y US$ 10.000 según cantidad de partidos y hotel
Algunos programas completos para la fase de grupos superan los US$ 8.900.
Las entradas premium y de hospitalidad FIFA parten de varios miles de dólares.
Miami aparece como uno de los destinos preferidos por los uruguayos que planean acompañar a la selección.

