En estos días, con la votación del fideicomiso a la vuelta de la esquina, se multiplican las publicaciones en redes explicando quién vota qué, desde dónde y con qué pureza ideológica.
Está bien debatir. Está bien fijar postura. Lo que cansa es el doble discurso.
Porque quienes hoy dan cátedra de moral, ética, identidad frenteamplista y “lado correcto de la historia”, muchas veces son los mismos que ayer levantaban la mano en silencio cuando se tomaban decisiones que iban claramente en contra de los principios del Frente Amplio.
Quienes hoy hablan de cuidar lo público, ayer no chistaron cuando se entregaron bienes municipales a privados. Quienes hoy acusan de traición, ayer priorizaron lealtades personales, acomodos y arreglos sectoriales antes que el debate político honesto dentro de nuestra propia fuerza.
Ser frenteamplista no es hacer publicaciones para quedar limpio. No es señalar compañeros por atrás ni sembrar sospechas cuando alguien piensa distinto. No es usar las redes para presionar, disciplinar o convencerse a uno mismo de que está del lado correcto.
Ser frenteamplista es discutir donde corresponde, es pensar en la gente, en el bien común, y practicar todos los días los valores que decimos defender.
Yo no necesito demostrar en Facebook mi identidad política ni mi compromiso con la izquierda. Eso se construye con coherencia, con memoria y con práctica cotidiana.
Un poco menos de moralina selectiva y un poco más de honestidad política no nos vendría nada mal.
